23 marzo, 2007

PEDRO

Que los humildes lo busquen y contemplen
.

Hace doce años que la Guardia Pretoriana,
Comandada por Sexto Afranio Burro,
Nombró Emperador a un adolescente de diecisiete años.

Nerón Claudio César Augusto Germánico,
Hijo de Domicio y Agripina,
El hombre más poderoso del mundo,
Vivió una juventud hermosa y afortunada;

Pero aquella dicha duró poco tiempo;

Ahora la madurez ha inflado de grasa los pliegues de su carne
Y el arañazo de la melancolía ha congelado en sus ojos
Una lunática expresión de inconsciencia soñadora;
Los médicos de la corte aconsejan baños calientes,
Sales aromáticas, aguas florales
Y silenciosos descansos
Con los que relajar su atribulado espíritu;
Pero él prefiere los suntuosos banquetes repletos de ruido,
Festejos plenos de inhibición en los declamar poesías
Y robar comentarios aduladores entre los cortesanos
Y contemplar a gallardos efebos
Recorriendo las mesas y portando en bandejas de plata
El sagrado vino que ha de aventar la tristeza.

De él puede decirse, como está escrito:

Mi amado comió y bebió
Y prosperó y se llenó de gordura
Y comenzó a dar coces.

Tras el Quinquennium Neronis
Que culminó con la ampliación del puerto de Ostia
Y que fue celebrado con la emisión de monedas
En las que el oro, la plata y el cobre
Reflejan la efigie divina del Emperador,
El gobierno ha vuelto la espada al pueblo de Roma.
En sus años adolescentes,
Influenciado por los consejos maternos,
El joven Nerón ambicionó el poder;
Y ahora, tras ejecutar a su propia madre,
Sólo siente hastío por los asuntos de Estado.
La corte se ha transformado
En un hervidero de intrigas y de conjuras;
Hasta allí ha llegado la maledicencia,
Ese ala maldita que, desde Judea a Italia,
Ha seguido como sombra a los llamados cristianos;
Pues la serpiente de la envidia cuenta con encumbrados personajes,
Influyentes charlatanes que hablan al oído
A los consejeros del Emperador;
Y son éstos los que sugieren
Que el pueblo necesita una víctima expiatoria,
Alguien a quien culpar por lo del incendio.

El viento de Roma vomita ceniza
Y los cadáveres insepultos de los cristianos
Rubrican con sangre inocente la gloria inhumana del Imperio.
La figura adiposa del Emperador
Es objeto de chistes y comentarios despectivos;
El pueblo se congrega en las tabernas
Y cuenta cómo el tirano
Ha tocado la lira a la luz de las llamas;
Y cómo después ha mandado construir su Domus Aurea
En el espacio arrasado que une el Palatino y el Esquilino.

Pero el pueblo no sólo habla de su Emperador;
Algunos cabecillas han filtrado rumores
Que proyectan su sombra inconcreta sobre los cristianos;
Y así, nada más nacer, este nuevo nombre se ha convertido
En sinónimo de toda ignominia:

Son enemigos de todo el género humano;

Mantienen entre sí relaciones promiscuas e incestuosas;

Adoran la cabeza de un burro;

Su jefe, un tal Cresto, es un vulgar alborotador
Que provoca frecuentes tumultos entre la plebe;

Se congregan a media noche
Y comen carne de hombre;

Son iniciados con la carne y la sangre de un niño;

Comen el cuerpo y beben la sangre de su dios,
Una divinidad sanguinaria,
Hijo de una diosa desconocida llamada Resurrección.

La soldadesca ha apresado a muchos;
También han puesto las manos sobre ti, Pedro,
Mientras caminabas acompañado por algunos discípulos
Con las piernas temblorosas
Y el velo de la fatiga lastrando tu envejecida mirada;
Aun no han desaparecido los callos que asolan tus antiguas manos de pescador,
Esas manos vigorosas que arrastraron las redes en Betania
E hirieron el mar de Galilea clavando en su lomo azul
Los remos puntiagudos de tu barca,
Esas manos que pescaban peces antes de que el Señor te llamase.

A veces, en las madrugadas romanas,
Te despiertas antes del alba con la frente perlada de sudor,
Palpando en la oscuridad los recuerdos de aquella noche terrible;
Lloras y gimes en sueños por la traición cometida
Y sólo cuando por fin despiertas
Recuerdas que la misericordia de Dios es infinita,
Que tu pecado ha conocido el perdón
Y que Jesús ha muerto para que tú, hombre indigno, tengas Vida.

Ahora te hallas rodeado de soldados,
Hombres de armas te custodian como a un criminal;
Y tú, antes de morir, en el interior del circo
Contemplas el gigantesco espectáculo de la muerte:
Las cruces elevándose en el espacio circular
Y el público de Roma excitado por el exterminio.

¿A qué conduce este simulacro inagotable?
La gran Babilonia tiene sed de sangre, Pedro,
Y se ha fijado en vosotros,
El pequeño rebaño de Jesús,
Que apenas ha dado los primeros pasos
Y ya ha de soportar, indefenso,
La hiel amarga de la persecución.
Los creyentes se han dispersado lejos de Roma;
Sólo Lucas ha permanecido con Pablo;
Los mismos discípulos te han aconsejado que huyas
Pero tú has recordado palabras que Alguien te susurró en arameo
Hace ya mucho tiempo, antes de ser elegido:

Cuando eras joven te ceñías e ibas a donde querías;
Cuando seas viejo extenderás tus manos
Y te ceñirá otro
Y te llevará a donde tú no quieras.

Dime, Pedro, ¿por qué mueres?
O, mejor aún, ¿por Quién mueres?
¿Por qué has dado testimonio hasta el día de hoy?
¿No hubiese sido mejor callar y guardar silencio?
Entonces aún seguirías en Galilea, tu tierra;
Y habrías puesto fin a tus días de anciano
En un mullido lecho,
En algún hogar de Betania;
Y habrías seguido siendo pescador de peces
En lugar de pescador de hombres,
Esos hombres a los que has querido redimir
Y que, indiferentes ante el Evangelio,
Se congregan ahora contra vosotros
Buscando vuestra muerte.

Si realmente no hubieses tocado con tus manos
El Cuerpo resucitado del Señor,
Si no hubieses visto su gloria transfigurada,
Si no hubieses sido testigo ocular de su Ascensión gloriosa
Tu vida y tu muerte hubieran sido abstrusas e inútiles.
Pero tú te muestras consecuente con el don recibido
Y dirigiéndote a uno de tus custodios
Le haces saber cuál es tu voluntad última.

El soldado más viejo se mofa de ti,
Su cuerpo grasiento tiembla convulsionado por la risa:
Espera divertirse al contemplar tu cuerpo invertido;
El más joven te mira con sorpresa,
Con ese temor reverencial que la juventud siente
Ante aquello que le resulta desconocido e inaudito.
Uno y otro te atan a la cruz de madera.
Y tú pronto empiezas a sentir el riego de tu sangre
Descendiendo hacia tu frente canosa
Como mortal corona.

Así evitas morir como tu Señor
A quien no viste pender sobre un madero
Porque huiste después de traicionarle.

Dime, Pedro, ¿quién se ocupará del incipiente rebaño de Jesús
Cuando tú y Pablo hayáis muerto?
Pero tú no tienes miedo porque confías,
Porque sabes que el Espíritu sopla donde quiere
Y que la Iglesia ha de purificarse lavando sus vestiduras
En la Sangre purísima del Cordero.
Sólo así podrá manifestarse al mundo,
En todo su esplendor divino,
Como sacramento universal de salvación para todos los hombres.

Cuando hayas muerto
Y los discípulos te hayan enterrado
En algún lugar cerca del circo
Y tu Evangelio sea conocido en todas las naciones
Vendrán hombres que querrán ver en tu nombre
La piedra dogmática en la que se asienta una plúmbea doctrina,
La roca que sostiene su propia razón
Sin transigir ante razones ajenas,
El espíritu calcáreo de intransigencia
Imponiéndose a todos los pueblos de la tierra.

Pero tú, Pedro, no te arrogaste
Ninguna autoridad que no te haya sido dada,
Ninguna llave, ningún reino,
Ningún atar o desatar
Que no proceda de lo alto,
Porque fue Él Quien te llamó כיפש, “Keyfas”,
Que significa piedra,
Piedra sobre la que fundar y construir,
Piedra sobre la que sostener y perdurar,
Piedra de hombre sostenida por el aliento del Espíritu.

Porque fue Él Quien te pidió que confirmaras a tus hermanos;
Y fue Él Quien te preguntó por tres veces si le querías;
Y te encomendó apacentar su rebaño
Allí, aquella noche santa,
A la orilla del mar de Galilea,
El mar en el que tú pescabas.

Y ahora vas a ser ejecutado como un malhechor
Sin haber cometido delito alguno;
Otros son los que han buscado tu muerte
Amparándose en falsas razones;
Y tú mueres sin culpa;
Porque no eres más que ese vigoroso pescador envejecido,
Ese hombre inculto, casi iletrado
Que, movido de humildad,
No ha querido morir como su Señor,
Amigo terreno de Jesús, llamado Cristo,
Anciano venerable,
Príncipe de los Apóstoles,
Testigo fiel a quien le corresponde
La corona de gloria del martirio.

Que los humildes lo busquen y contemplen.
Que se hagan fieles y pequeñitos
Como tú lo has sido ante Dios, Pedro,
Y que guarden tu memoria de Pastor Primero
Por los siglos de los siglos.


20 marzo, 2007

PABLO

Legem tuam
In medio cordis mei.

Por la Fe del corazón la Ley se transforma en Espíritu;
Sin Fe sólo es carne y oscuridad.

Donde está el Espíritu del Señor
Allí está la Luz,
Allí está la libertad.

La libertad, Pablo,
La suprema liberación del pecado
Y de la Ley que sobrevino en prevención del pecado,
El Espíritu de Dios, que se halla por encima de todos,
Fuera del alcance de los creyentes,
Y que penetra los abismos y las alturas
Y que ausculta el interior de los pensamientos;
Porque ahora ese Espíritu sin medida ha sido dado a todo hombre y a toda mujer,
Al esclavo y al señor,
Al judío y al gentil,
Al griego y al bárbaro
A condición de que tengan Fe.

Fe. ¡Sólo Fe!
Como un granito de mostaza:
Así es la generosidad de Dios.

Por la Fe del corazón el hombre se adhiere a Cristo;
Y por la Caridad que obra en la Fe
El hombre se hace Cristo.

¿Fue eso lo que aprendiste en el camino a Damasco
Cuando una Luz inmarcesible te hizo caer a tierra
Y tus oídos mortales oyeron la Voz del Resucitado?
¿Fue eso lo que predicaste en tus viajes por mar y tierra,
Lo que escribiste en el dolor de parto de tus hermosas y prolijas cartas;
Lo que defendiste en Jerusalén, la ciudad santa,
Junto a tu fiel amigo Bernabé,
Delante de la asamblea de los santos,
Ante Pedro y Santiago,
Siendo ellos columnas de la Iglesia
Que aceptaron y aprobaron tu testimonio?
¿Fue eso lo que te invistió del poder divino
De expulsar demonios,
Resucitar cadáveres,
Curar enfermos
Y llenar de tinieblas los ojos taimados de los charlatanes
Que difunden la superstición y el miedo entre los gentiles?

Después de dos mil años,
Cuando tus huesos se hayan confundido en la oscuridad de la tierra
Y el Templo de Jerusalén sea sólo un recuerdo
Y el muro de las lamentaciones haya sido testigo
Del sufrimiento de más de veinte generaciones
Los sabios y entendidos,
Los maestros de entre los hombres
Querrán explicar tu insólita vivencia
Sin mencionar la Luz,
Olvidando el rostro del Resucitado
Y sin comprender que hablaste con Alguien
Que te conocía mejor que tú mismo.

A veces me pregunto, Pablo de Tarso,
Qué fue lo que tanto te conmovió en ese solo instante;
Quizá fue la Misericordia
De Quien te vio caer cegado por el pecado,
Una Misericordia que no descansa en la dureza diamantina de la Ley mosaica,
Que no se realiza en los sacrificios de un Templo
Que será destruido de nuevo por mano de los gentiles,
Que no se materializa en el candelabro de siete brazos que preside
El recogimiento secular de las sinagogas.

Una Misericordia que sólo fructifica cuando el hombre,
Movido por Quien es todo en todos,
Se entrega a sí mismo en un acto espiritual de Fe.

¿Quién fue tu padre carnal, Pablo?
Quizá fuera un anciano devoto de la Ley
Que educó a su hijo en la exacta observancia de la secta de los fariseos,
Que en tu niñez y juventud olvidó tratarte con misericordia
Y que quizá hubiese renegado de ti mil veces después de tu conversión a Cristo.
¿Y tu madre? ¿Recuerdas aún
Sus besos y caricias,
Su mirada protectora
Y sus labios de mujer judía musitando una plegaria a la luz del hogar?
Debió morir años después de darte a luz en la ciudad de Tarso;
Quizá sólo pudo enseñarte
Tus primeras oraciones al Dios de los Padres,
La alabanza de las misericordias de Dios con su pueblo.

Y en memoria de tus padres
Querrías ser anatema de Cristo
A fin de salvar a Israel.

Porque Israel no se salvará por la Ley
Sino por Cristo, Luz de la Ley.

Y por Cristo se salvarán los gentiles
Que no han conocido la Ley.

Ahora tus pasos han abandonado definitivamente Jerusalén
Y se dirigen al corazón del Imperio fundado por César,
A Roma, la ciudad pagana,
La inquieta colmena donde se deciden las guerras y bullen las nuevas doctrinas
Y donde miles de almas viven y mueren
Sin conocer la Luz de Cristo.
¿Qué es Roma, sino una nueva Babilonia?
¿También allí has de dar testimonio?
¿También allí has de ser perseguido?
En todas partes te sigue la sombra de la Cruz de Cristo
Como augurio de los sufrimientos que aún te esperan,
Como anticipación de tu martirio final en manos de los gentiles.

¿Viste en la figura de Roma el futuro advenimiento de una nueva Jerusalén?
¿Intuiste que tu Fe estaba destinada a cambiar el rostro del mundo?
Pero tú en nada tienes al mundo;
En tus cartas apenas mencionas la esclavitud, esa lacra
Que corroe a un régimen que tiraniza a los hombres.
Y tú pretendes ahogar el mal en abundancia de bien;
Por eso cumples la Lex Romana
Que prohíbe el robo y el homicidio,
La subversión y la rebeldía.
Y así lo enseñas a las comunidades que te han sido encomendadas
Para que nadie caiga en la codicia ni en la ceguera de corazón,
Para que nadie acabe en la carne, después de haber sido Espíritu,
Para no dar ocasión de escándalo.

Y ahora por tu Fe en Cristo te hallas prisionero,
Te vigilan día y noche,
Te conducen a Roma, donde has de ser juzgado.

El centurión Julio, de la Cohorte Augusta,
El hombre encargado de tu custodia,
Usando de gran humanidad
No impide que mujeres y hombres se te acerquen
Ni que te asistan quienes te aman.

Y, tras desembarcar,
Cuando la sombra de Roma se halla más cerca,
Los discípulos comienzan a salir a los caminos
Y oran en alto alabando a Dios
Y se acercan para tocarte con sus manos
Y quisieran entregarte presentes que tú no admites
Y muestran a sus hijos
Para que imprimas con tu dedo el signo invisible de la cruz sobre sus frentes
Y acarician tu nombre con el alborozo incontenible de sus labios:

Es Pablo, el Apóstol,
El antiguo perseguidor de los cristianos,
El mismo a quien se le apareció el Señor en el camino a Damasco
Y que ahora está preso por amor a Jesús.

Tu primer impulso ha sido severo:
Sólo Jesús es el Señor,
Sólo Dios merece la gloria;
Pero luego recuerdas cómo recibieron a Jesús cuando entró en Jerusalén
Vestido de Humildad, sentado en los lomos de un pollino,
Y cómo los fariseos censuraron a las gentes
Y cuál fue la respuesta del Señor.
Entonces el antiguo fariseo que hubo en ti deja paso al cristiano,
El hombre viejo cede ante el nuevo,
Y la dureza se transforma en misericordia:
Los discípulos ven en ti al Señor
Por Quien tú te hallas encadenado;
Ellos alaban a Dios porque conocen la Escritura
Y al verte pasar recitan en su propia lengua:

Qué hermosos son los pies del mensajero que anuncia el Evangelio.

Y tú lo sabes, Pablo:
Si no alabasen ellos, alabarían las piedras,
Porque Dios ha asumido el pecado de los hombres.

El sol cuelga en mitad del cielo
Y apenas hay nubes que enturbien la claridad del día;
Los discípulos te siguen como alegres pajarillos
Y hablan de ti ponderando tu obra,
Esa obra que no es tuya,
Sino de Dios,
Que es Quien pone el incremento:
Hablan de la predicación del Evangelio entre los gentiles,
De las sombras agónicas de la Ley y del Templo de Jerusalén,
Del amanecer de la Luz de Cristo
Y de la salvación de las almas por la luz de la Fe.

Y tú, que desfallecías,
Al verlos venir has recobrado el ánimo;
Y ahora, susurrándole al oído,
Indicas a Lucas, el médico amado,
Que al fin se ha cumplido la profecía del Señor,
Que ha sido predicado el Evangelio por toda la tierra;
Y que también Roma,
Cárcel de pueblos,
Dominadora de la nación judía,
Ha conocido la Luz de Dios.

Lucas asiente con gesto reflexivo;
Y entonces una joven sale al encuentro
Y arroja sobre tu cabeza una lluvia de flores campestres
Que rebosan sobre ti impregnándote de su fragancia;
Flores que hoy son y que mañana han sido
Y que algún día, como símbolo de lo efímero de los humanos empeños,
Adornarán los altares
Donde Iglesias de todas las naciones
Continuarán celebrando, al igual que hoy, la Cena del Señor;
Y tú, con los ojos repletos de ternura,
Bendices de nuevo a las gentes
Que han conocido por el ministerio de los Apóstoles
El Dulce Nombre del Salvador.

JOSÉ

Maranatha,
Ven pronto, Señor.

Renuevo de olivo del tronco de Jessé,
Descendiente de David,
Hijo de Jacob,
Nieto de Mathán,
Oriundo de Belén,
La menor entre las principales de Judá:

Dime, ¿por qué te despiertas antes de la aurora?
Las calles permanecen en silencio;
Las sombras nocturnas aún cubren tu taller de artesano,
El mismo en el que tú trabajas a la luz del día
Y que mañana llenaráN de los habitantes de Nazaret,
Muchos de ellos embrutecidos por la pobreza
Y asolados por el estigma de la ignorancia.

Ha sido un sueño en tu silencio;
Un ángel del Señor ha aparecido
Hermoso y sutil y semejante a un cántico,
Precedido de su luz altísima,
Sempiterno,
Nacido antes de ti
Y que ha querido clavarse en tu mente
Como señal de fuego en medio de la noche,
Como augurio espiritual en mitad de la carne.

¿Por qué le has creído?
¿Cómo sabes que Dios mismo ha iluminado tu sueño?
¿Es que piensas que ha sido un ángel y no un demonio?

Con los ojos abiertos, José, sueñan los pueblos
Y su historia se impregna de irrealidad y de sombras;
Los judíos esperan el Reino de Israel
Y la derrota de Roma, sojuzgadora de hombres;
Pero tu fe ha crecido contra toda evidencia
Como semilla plantada entre espinos,
Como trigo en medio de la cizaña.

Porque tú en tu oración has acogido al Mesías
Aún antes de que te hablasen los ángeles,
Aun antes de desposarte con María.

Entre los nacidos de mujer
Ningún varón más dócil que tú, José,
Custodio de Dios,
Descendiente de un linaje que se hará perpetuo
En la persona de Jesús, llamado Cristo.

Y ninguno más sabio.
Porque tú has comprendido cuál es el origen:
El Verbo al comienzo de todo;
Y cómo de un solo tronco
Ha creado Dios al linaje de los hombres.

Como rocío antes de la aurora,
Como luz futura que anuncian las sombras,
Adán, principio según la carne,
Primero entre los hombres,
Hecho pecado por la desobediencia,
Ha nacido al Espíritu en la persona de Jesús,
Hijo de Dios,
Hijo carnal de María,
Hijo legal de un hombre humilde
Que en nada se tuvo y que negó su persona
Para afirmar en su persona la voluntad divina.

Dentro de algunos años
Tu hijo crecerá en sabiduría ante los hombres
Y tú le enseñarás el oficio que te dio fama
Entre los moradores de las montañas del norte,
Entre los habitantes del Lago de Galilea.

Te visitarán encumbrados personajes,
Vendrán de lejos a tu casa
Y pagarán generosamente tus servicios;
Y tú ayudarás a los de cerca,
Serás generoso con los que nada tienen;
Y las gentes sencillas
Y los primeros de entre el pueblo
Conocerán tu nombre.

Por eso dirán de Jesús, con extrañeza:
¿No es éste el hijo de José, el artesano?

Así de sencilla será tu vida;
Así de silenciosa tu Fe;
Así de perfecta tu caridad
Alumbrada en tus sueños por la visión del ángel.

En la monotonía de tu casa de Nazaret,
En el desierto paciente de tus horas de trabajo
Y en la humildad de tu descanso
Tu mente ha escrutado las Escrituras;
Y tu silencio fructífero ha explorado la Promesa.

Porque has visto el fin de todo lo perfecto.

Por eso has comprendido que Abraham, elegido antes de la Ley,
Engendró hijos que no proceden de la circuncisión
Sino de la Palabra dada antes de la circuncisión.

Y por eso has comprendido que Jesús, Hijo de Dios,
Es Hijo de María;
Y que también Abraham, Padre de Pueblos,
Y que Adán, origen de las naciones,
Son hijos de María;
No según la carne que conoció la corrupción
Sino según el Espíritu que será dado al nuevo Adán,
Tu hijo según la ley de los hombres,
Tu Señor según el Espíritu del Altísimo.

Morirás como has vivido,
Sin estruendos,
Silenciosamente;
Y morirás antes del ministerio público del Mesías,
Antes de que Juan predique en el desierto,
Antes de la venida del Reino por el que tú has rezado,
Rodeado de los cuidados de María, tu esposa,
Y viendo llorar a Jesús, a quien tú amas.

Sí, por eso has despertado antes de la aurora:
Porque tú, José, hijo de Jacob,
Conocerás la Palabra
Antes de que la Palabra haya sido anunciada.

12 marzo, 2007

ESTEBAN

El Arca de la Alianza,
Hecha de madera negra de acacia,
Coronada por las figuras de dos querubines
Que extienden sus alas formando un triángulo sagrado,
Revestida con láminas de oro irreprensible,
Sostenida por dos pértigas que se insertan en los cuatro anillos
Contiene en su interior un testimonio sagrado y único:
Las Tablas de la Ley,
La vara florida de Aarón,
Y el maná que cayó del cielo en el desierto.

A su paso se abrieron las aguas del Jordán;
Ante ella sucumbieron los ejércitos más poderosos
Y fueron derrotadas las siete naciones de Canaán,
Las siete espigas idolátricas
Procedentes de la confusión de las naciones,
Nacidas de una sola caña de trigo,
Que engordaron como vacas insaciables
Y que fueron quemadas por los vientos primerizos del Espíritu.

Pero el Arca se halla enterrada desde hace siglos
En alguna cueva del monte Nebó,
En un lugar que nadie conoce,
Fuera del Templo,
En tierras jordanas,
Oculta a los ojos de los hombres.

Ahora, como testimonio ante el pueblo,
Sólo queda la Shemá,
La oración de los judíos piadosos,
Y que fue también la oración de Jesús, el nazareno.

Y sin embargo las gentes siguen concurriendo al Templo,
Como hormigas se congregan bajo sus atrios;
Los escribas añaden a la Ley nuevos preceptos;
Los ancianos y sacerdotes se reúnen en consejo;
Y muchos judíos sueñan con el Reino de Israel.

Por eso han puesto sobre ti sus manos,
Esteban, hijo de la dispersión,
Nacido en tierra de gentiles,
Y han arrastrado tu cuerpo inocente por las calles de Jerusalén
Y te han llevado con violencia en presencia del Sanedrín.

¿Qué les dirás, Esteban?
Muy pronto alzarás tu mirada limpia y vigorosa hacia lo alto
Y antes de dormir definitivamente,
Con los ojos llenos de luz,
Verás el cielo abierto
Y al Hijo del Hombre sentado a la Diestra de Dios.

Pero ellos no toleran esta profecía.
Tus palabras caen en su presencia con la dureza mortal de la piedra,
Como rocas desprendidas de la montaña se desgrana el caudal tu voz:

Hombres rebeldes,
Incircuncisos de corazón y de oídos,
Vosotros resistís al Espíritu Santo...

Y les hablas de su delito
Tú, cuyas obras son castas y humildes como el agua;
Tú, que no conoces el cálculo egoísta
Y que dejas que tu alma sencilla e indivisa
Ilumine Jerusalén
Como luz primera del alba.

Cuántas veces
Entre los huérfanos y viudas a los que socorres,
Entre los helenos que han creído en los Apóstoles
Has creído ver de nuevo
El rostro de pergamino viejo de tu madre
Y tus ojos infantiles contemplándolo de nuevo;
Por eso has recordado enternecido
Las plegarias primeras que aprendiste de su boca,
El clamor de los Padres en la lengua de los judíos,
Y la Shemá, que aún recitas
En tu corazón renacido al cristianismo
Y que rezas como signo de promisión
A fin de congregar a los hijos dispersos en las naciones,
A las ovejas descarriadas de Israel.

Por eso te vieron disputar con los venidos de lejos
A ti, extranjero en medio de Sión,
Heleno entre los helenos.

Por eso tu figura esbelta de cigüeña
No frecuentó el Templo con los Apóstoles,
Esos mismos Apóstoles que conocieron y tocaron al Señor,
A quienes los soldados de los sacertotes humillaron
Para cargar sobre sus espaldas desnudas
El lacerante crujir del látigo,
El peso inexorable de la Ley mosaica.

Sí, la Ley,
Y también el Templo,
Y los comentarios rabínicos a la Ley,
Y los comentarios a los comentarios de la Ley,
Y las más de mil prescripciones mosaicas
Añadidas como losas humanas a la Ley divina.

Dime, Esteban,
Pues tu alma goza
La sencillez de los niños y de las palomas;
Dímelo al oído, con tu cántico abierto
Al rumor insondable de los cielos;
Dime qué es la Ley y qué es el Templo.

Porque los judíos piensan que en el monte Moriah,
En el Devir o Santo de los Santos
Se significa la presencia del Espíritu.

Pero al principio no fue así.
Al principio el Dios vivo habitaba en medio de su pueblo;
Y su oráculo descansaba en el Tabernáculo,
Y su Espíritu se batía sobre el Arca de la Alianza.

Hoy el Arca se halla oculta
En el oscuro estómago de la tierra;
Por eso el Templo no es la Luz;
Por eso la Ley no es la Luz;
Por eso la Luz es Cristo.

Ahora es el tiempo del Espíritu;
Ahora es el tiempo de la Promesa hecha a los Padres;
Quien contra la Promesa se adhiera a la Ley
Por la fuerza de la Ley se verá confundido,
Pues toda ley halla su perfección en Cristo,
Ciprés frondoso,
Tabernáculo de Dios,
Origen y fin de la Ley.

Pero ellos no entienden
Y su espíritu se endurece como roca;
Los dientes rechinan,
Las manos se llenan de sudor y piedras;
Y tú exclamas con tu voz inocente:

Señor, no les tengas en cuenta este pecado...

Lavaste tus vestiduras
En la Sangre eterna del Cordero.

Arrojaron piedras;
Los judíos arrojaron hacia ti piedras de muerte.

Pero Jesús, el Cordero de Dios,
Es la Piedra anunciada por los profetas,
La Piedra angular del Templo,
La única que da la Vida.

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