27 febrero, 2007

EL GRAN INQUISIDOR

¿Por qué has venido a molestarnos?
FEDOR DOSTOIEWSKI


Porque no luchamos contra la sangre y la carne;
sino contra los principados,
contra las potestades, contra los señores del mundo,

gobernadores de las tinieblas,
contra los espíritus malignos que habitan en los aires.

PABLO DE TARSO



Pan, fama, poder...
Desde esta nube donde se contempla el mundo
Mírales,
Fíjate en los hombres,
Tus hermanos:
Son como juncos sin raíces;
Caminan oscilantes sin saber a dónde;
Sus rostros envejecen junto a las fuentes
Y enferman bajo la cambiante luz de las palmeras;
Admiran el orden de los astros que Tú creaste
Pero se ofuscan y se sienten pequeños al contemplar los abismos.
En verdad sólo aspiran a perseverar en el barro,
Puesto que han sido formados en materia corruptible;
No desean Espíritu, sino saciar sus estómagos;
No anhelan el mundo venidero, sino la fama presente;
No buscan libertad, sino poder.
Jamás aceptarán
El Reino espiritual que Tú predicas.
No recibirán Tus palabras,
No comprenderán Tu lenguaje;
Tus mismas Escrituras dan testimonio de ello:

Tienen ojos y no ven,
Oídos y no oyen,
Inteligencia y no entienden.

¿Por qué no has aceptado mis obras?
Como a Caín, Tú, que me creaste libremente,
Me has repudiado desde el principio;
Por amor a los hombres enviaste a Miguel, el terrible arcángel,
Por amor a los hombres hiciste quebrar mis designios.

Yo soy un ángel caído de los cielos
Que habitó en Tu Luz antes del mundo,
Una criatura ociosa que vela entre las sombras
Como dragón encerrado en la tierra;
Pero ahora Tú,
Deum de Deo,
Lumen de Lumine,
Te has hecho hombre;
Por eso hablo con palabras intangibles y sempiternas
A Tu oído de hombre,
A Tu naturaleza humana, inferior a mi rango;
Porque tienes alma y cuerpo como uno de ellos,
Has renunciado a Tu condición divina,
Te has hecho pecado para salvarles del pecado,
Has cometido sacrilegio;
Y aunque no percibo temor en Tus actos
Puedo tentar Tu voluntad,
Tal y como he venido haciendo
Desde que los hombres fueron creados
Y corrompidos.

Sí, mírales una vez más.
¿Qué puedes esperar de ellos?
¿Por qué los amas?
Su misma naturaleza es corruptible;
No buscan la libertad de Tu Reino;
Prefieren ser esclavos de sus pasiones
Y obedecer a reyes inicuos e insensatos
Que les proporcionen pan y a quienes teman.
Ahora que Te sientes sin fuerzas y sufres como uno de ellos
Deberías renunciar a Tu humanidad
Y abandonarlos a su suerte.

Porque ese es el destino de toda materia:
Permanecer ajena
Al don del Espíritu.

Desde las sombras de la tierra yo Te he visto,
Con gritos y lágrimas,
Suplicar al Padre,
Hijo de David,
Hijo del Hombre,
Y una vez más me ha sido permitido
Permanecer a Tu lado
Sólo por un tiempo.
Ahora Te hallas sumido en la debilidad de la carne;
Tus discípulos no te acompañan;
Ya no rezan,
Han sido vencidos por el sueño;
Tu alma está triste y sufre
La gran carga que han puesto sobre Tus hombros.
Y Tú eres hombre.

Ningún hombre puede sobrellevar este yugo;
Ningún ángel;
Ninguna criatura.

Nadie puede.

Y de nada serviría.

Porque esta es la hora y el poder de las tinieblas.
Porque los hombres se hallan todos bajo mi dominio.
Yo les doy lo que buscan:
No libertad, sino sujeción;
No sacrificio, sino autocomplacencia;
No Espíritu, sino placer material.
Sólo yo comprendo su lenguaje,
Tuerzo la rectitud de sus proyectos,
Y los voy encaminando hacia mí.

Todas las ideologías seculares me pertenecen.
En el tronco marchito de la historia
Yo, el ángel desterrado,
El padre de la mentira,
El que fue homicida desde el principio,
Suscitaré ramas espúreas que se alcen hasta el cielo,
Guerras que asombren la faz de la tierra.
El futuro verá nacer nuevas doctrinas
Que desmembrarán la paz de las naciones.
Los ricos y los pobres romperán Tu Alianza
Tratando de convertir las piedras en panes,
Los páramos en oasis,
El Reino de Dios en utilidad y pragmatismo.
La vanidad asolará a algunos de Tus seguidores
Que inventarán nuevos dogmas, ajenos a Ti,
Sólo por el prurito de especular con nuevos conceptos.
La hoz y el martillo y las cruces desfiguradas
Simbolizarán la adoración de un poder absoluto,
Secular y degradado,
Corroído desde la raiz,
Como moneda de cobre
Que se adueñara del espíritu de los pueblos
Y se alzara, desde las sombras,
Como enemigo de la religión y su linaje.

La Vida que Tú predicas es un valor intangible;
Yo haré que los hombres la midan
Según sus circunstancias,
Según su conveniencia,
Según su ideología.

Díme: ¿qué ganas intentando salvarles?
Deja que borre de la faz de la tierra
A esta raza pertinaz e infructuosa;
Porque ellos ni siquiera
Sienten la necesidad de ser redimidos.

Renuncia a tu obra, Hijo de Dios,
Entrégame la humanidad que Te liga a Tus hermanos,
Tu alma y Tu cuerpo de hombre,
Que son el don más preciado
Para mí y para mis ángeles.
Vuelve a Tu Eternidad en los cielos,
Al mundo espiritual que Tú creaste,
Donde los ángeles, Tus siervos, te alaban por los siglos
Y el Padre y el Espíritu se hacen Uno contigo.

¿No oyes nada?
Son voces, voces de hombre.
Uno de Tus discípulos,
El que Te ha de entregar,
Te busca en las sombras de esta noche maldita;
Viene a consumar las heces de su pecado
Con un falso beso en Tu mejilla.

23 febrero, 2007

TESTIGO ÚLTIMO

Este es mi testimonio:

Estimado Teófilo:
Todo está en los Textos;
En las Tradiciones milenarias que han llegado hasta nosotros,
En los lugares que pisaron nuestros Padres;
Arqueología de la conciencia nuestra,
Antigua y nueva como el hombre,
Como el Hombre inequívoca,
Eterna como el Verbo.

MARÍA

Iuxta crucem
,
Junto a la Cruz de Jesús.
¿Por qué tanto y a tan gran precio?

Por los cuatro costados de la tierra
La Lex Romana proyecta la crueldad de su sombra;
Los soldados elevan cruces en lo alto de los montes,
A la vera de los caminos se alza la muerte;
El viento esculpe los rostros de los agonizantes;
El dolor como sombra que rasga
Deshace el aliento último de los torturados.

Calvaria, Κρανίου τόπος, Gûlgaltâ...
Lugar de la calavera,
Lugar de muerte y escarnio,
Más allá de las murallas de Jerusalén,
Al otro lado de la puerta,
Siguiendo el sendero del norte,
Cerca de los jardines y de las tumbas,
A un lado del camino,
Lejos de los lugares santos.

Los sacerdotes y escribas,
Los mismos que hablan en las sinagogas
Y rezan en medio de las plazas,
Los mismos que han hecho de la religión
Una red inextricable de preceptos,
Una técnica de ritos y ceremonias
Con las que dominar al Dios de los Padres,
Los mismos que atemorizan al pueblo con su sabiduría impostada
Han bajado hasta Él para burlarse.
La doblez curva el arco de su verbo
Que se tensa como cuerda dispuesta e hiriente.

Jurar por el templo no obliga,
Jurar por el oro del templo sí obliga.

Si echa los demonios es por arte de Belcebú,
Príncipe de los demonios.

No es lícito curar en sábado.

¿Por qué no ayunan tus discípulos?

¿Qué señal das para obrar así?

Nosotros le hemos oído decir: ‘Yo voy a destruir el Templo Santo’.

Ha blasfemado. ¿Qué necesidad tenemos de más testigos?

Si eres el Hijo de Dios, baja de la cruz.

Y luego, después de la Cruz,
La memoria colectiva del pueblo de Jacob
Olvidó, anegado en la infamia de sus maestros,
Los vacíos de su propia ignorancia:

Su madre, una prostituta;
Su padre, un legionario llamado Pantera.

Fue a Egipto, donde aprendió hechicería.

Hizo signos para embaucar al pueblo.

Murió en la cruz, por mano de los gentiles;
De noche, los discípulos robaron su cuerpo.

Ahora sufre tormento eterno en el infierno,
Con el cuerpo embadurnado de excrementos hirvientes,
Junto a Balaam, hijo de Beor,
Junto a Tito, destructor de Jerusalén.

Como un muelle quebrantado
El cuerpo de Jesús se encoge y se levanta;
Se levanta haciendo fuerza con los brazos,
Se encoge, vencido por el dolor,
Y entonces le falta el aliento,
Se ahogan sus pulmones sin poder tomar aire.
Siente la fiebre quemando sus mejillas, enrojeciendo sus ojos;
Su corazón se halla cerca del colapso,
Pero no morirá hasta la Hora indicada.

«Tengo sed..»

¿Cuánto vale la vida de un hombre,
Hijos de Abraham?
En treinta monedas de platas la tasaron,
Heredad de Jacob.

Pues ellos dijeron:

Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos.

Por eso vuestra Viña os fue arrebatada
Y ha sido trasplantada a otra tierra.

Y esa Tierra Nueva eres Tú,
Θεοτόκος, Dei genetrix,
Gratia Plena, κεχαριτωμενη,
עלמה, παρθενον, Virgo Maria,
Como huerto escondido a la vista,
Como jardín nutrido por las aguas del Espíritu;
Tú, el Arca que apareció en mitad del cielo
Y atrae hacia Sí a todos los pueblos.

Porque en Tu Fe encuentra su cumplimiento último
La Promesa dada a los Padres.

Junto a la Cruz, iuxta crucem,
Has aprendido Tu más secreto Magnificat,
El Fiat más doloroso,
La palma del martirio incruento;
Has entregado a Jesús, llena de Fe,
Y por Tu Fe,
Más perfecta que la de Abraham, Padre de Pueblos,
Has alumbrado un Nuevo Pueblo
Que se sostiene sobre el Agua y la Sangre,
Sobre el Costado abierto del Cordero.

«Mujer, he aquí a tu hijo. Hijo, he aquí a tu Madre»

Sangre derramada en la Cruz,
Sangre de Madre y de Padre.

La que Tú Le diste,
Tu misma Sangre.

Sin apoyo, sin consuelo
Oyes las últimas palabras de Tu Hijo:

«Señor, perdónales porque no saben...»

«Eli eli, lama sabactani»

Y Tú, que desfallecías,
Recobras de nuevo las fuerzas,
Rezas con Él,
Perdonas con Él:
Porque Tu Hijo muere para que haya Perdón;
Tu Hijo, que mientras pende de la Cruz,
Entre la tierra y el cielo,
Ora al Padre con los brazos extendidos
Y sus labios cuarteados por la sed
Se mueven, silenciosos,
Puliendo los hermosos versos del Salmista:

... Te invoco de día, y no respondes,
De noche, y no encuentro descanso;
Y sin embargo, Tú eres el Santo...

Hasta que llegue su Hora.

Jesús, el Ungido,
El Hijo de María,
El Hijo de la Sierva de Dios.

20 febrero, 2007

LA CASA DEL PAN

Todos los nombres de la Promesa
Manifiestan en Él su significado último:
Abraham, ‘Padre de Pueblos’,
Moisés, ‘Salvado de las Aguas’,
Elías, ‘el Señor es mi Dios’,
Daniel, ‘Dios es mi Juez’,
Juan, ‘Dios es Misericordioso’.

Porque en el antiguo Reino de Judá,
En el pueblecito de Belén, ‘la Casa del Pan’,
Una húmeda gruta ha visto Su Nacimiento:
Hijo legal de José, el artesano, descendiente de David,
Hijo carnal de María, la Virgen, descendiente de David,
Retoño de la rama de Jessé
Sobre el que reposa el Espíritu.

Ya no Te llamarán ‘Dios de los Padres’;
Eres el Dios de Yeshua,
Eres Yeshua.

Y todos somos en Él.

JUAN

El río Jordán,
Angosta cinta de plata,
Desciende de las alturas del Antilíbano,
En las estribaciones septentrionales del monte Hermón;
Fluye hacia el sur, hacia el Mar de Galilea,
Ese lago dulce y falso mar
Que se extiende recortando caprichosamente entre la estepa
Su figura de tronco de mujer, lleno de vida,
Donde las gentes indoctas se agolpan para oír
La enseñanza de Yeshua,
El Rabbí de Nazaret,
El hijo del artesano,
Junto a las barcas dormidas y ociosas de Simón, llamado Pedro.
Más allá, siguiendo el camino del sur
El río de los profetas alcanza su desembocadura última
Junto al Mar Muerto, y sus aguas se ahogan en sal,
Sal de lo inerte,
Sal seis veces más abundante que en el Gran Mar,
Sueño de una sustancia blancuzca y degradada,
Como expulsada de un vientre estéril,
Signo de maldición, sombra de muerte
Donde todo hálito vital se extingue.

Pero el Jordán es signo de la vida
Que discurre y transita antes de morir;
Su caudal representa lo milagroso,
La persistencia de la creación y el bien del hombre:
Sus aguas se dividen majestuosamente
Para dejar paso al Arca de Josué
Y secan su fulgor ante Elías y Eliseo
Y sanan la lepra de Naamán, el sirio,
Y ven el cielo abierto
Y a la Paloma
Y a la Voz de Dios.

Pero tú, Yohanan, no hiciste ningún signo;
Sólo fuiste una voz, una palabra,
Unos ojos de fuego
–El fuego de Elías–
Que inquirieron a Dios desde la llanura,
Desde el desierto fugaz de tu mirada incandescente.
Los judíos se acercaron a ti con grandes gestos,
Volvieron el rostro al cielo pidiendo perdón,
Suplicando clemencia,
A fin de evitar la ira venidera;
Y tú, junto al Jordán, les hablaste
De la conversión de los pecados,
Del fuego devorador del día último,
Porque el hacha se haya ya junto al árbol,
Porque el Reino de Dios se aproxima
Y todo lo que vive ha de volver
A la Luz primera.

Las aguas del Jordán, donde bautizaste,
Fluyen libremente;
Sus corrientes aún no ha olvidado
El ímpetu de tus ojos de fuego,
La eficacia de tu palabra
Forjada en la más dura de las penitencias.
Pero tú, en cambio, te hallas cargado de cadenas,
Preso como un criminal,
Inmovilizado como una bestia de carga,
En lo alto de la montaña de Makirus,
En la fortaleza inexpugnable
Que mandó construir Herodes el Grande,
Ese rey impuesto por Roma,
Donde vive y gobierna Herodes Antipas, su hijo,
Tetrarca y tirano de Galilea,
El hombre que añadiendo maldad tras maldad
Ordenó tu encarcelamiento.

Tus discípulos, los que aún te siguen,
Han olvidado tus palabras,
Y aún la sombra de tus palabras.
Así de frágil es la obra del hombre,
Así de imperfecta es su memoria:
Hierba que se extingue en el desierto
Casi antes de ver la luz.
Tú les dijiste:

Conviene que Él crezca y yo disminuya.

Pero ellos no entendieron.
Por eso los enviaste de nuevo a Yeshua;
Y ahora han vuelto,
Con los ojos llenos de una luz misteriosa,
Con los labios repletos de alabanzas;
Y han hablado ponderando lo que han visto:

Los ciegos ven,
Andan los cojos,
Los leprosos sanan,
Los sordos oyen,
Resucitan los muertos
Y los pobres heredan la Promesa.

Sí, por fin ha llegado el tiempo de la Promesa,
El tiempo final de la Palabra dada a los Padres,
Transmitida fielmente de edad en edad;
Por fin emerge el Reino, con su tallo intacto y milagroso,
En el vacío de la convulsa historia de los hijos de Abraham,
Historia de infidelidades y muerte,
Historia de infamias y despropósitos;
Y tú, un simple hombre,
Has visto al Cordero caminando sobre la tierra,
Has visto a la Paloma, signo corporal del Espíritu sin medida,
Aleteando sobre la figura de Yeshua, el Ungido,
El día que el cielo se abrió milagrosamente
Y el Jordán oyó la voz de Dios
Y tú caiste de rodillas suplicando clemencia.

Después del clamor de tus palabras,
Después del anuncio del nuevo Reino de Yeshua
El pueblo ora expectante por su liberación.
En cambio, tú, Yohanan,
Te hallas preso en una oscura mazmorra
Donde el día es igual que la noche
Y la noche es igual que el día;
Y tu tiempo está llegando a su fin.

Díme, ¿qué has logrado después de tanto sacrificio?
¿De qué valen todas tus oraciones?
¿Quién te nombró juez de reyes?
Si hubieses mantenido la boca cerrada
Ahora serías libre, igual que Yeshua,
El Rabbí de Nazaret,
El hijo del artesano.

Porque del trono de David ha brotado
Una dinastía ilegítima,
Una rama ajena al tronco de Jessé,
Unos reyes advenedizos impuestos por Roma;
Y tú, Yohanan, no has hablado de esta usurpación,
Porque estaba prevista en las Escrituras.
En cambio le has dicho a Herodes:

No te es lícito tomar a la mujer de tu hermano.

Pues Herodes es hombre,
Hijo de hombre,
Sujeto a la ley de los hombres,
Igual que tú, hijo de Zacarías,
Profeta de las arenas,
Sombra del desierto,
Habitante de cuevas y soledades,
Condenado a morir por tu palabra.

¿Qué es la muerte, Yohanan?
¿Es la aniquilación absoluta, anunciada por la esterilidad del Mar Muerto?
¿O es un nuevo Jordán que sobrevive milagrosamente?
Tú has contemplado al Cordero,
Y a la Paloma sobre las aguas,
Y al cielo abierto por vez primera,
Y sabes que la muerte ha sido vencida.
Por eso tú, que no has nacido del Espíritu,
En virtud de la Sangre del Cordero,
En prevención de la muerte del Ungido,
También conocerás la Vida
Y serás como un Jordán caudaloso.

Yohanan HaMatbil,
De nombre: Dios es misericordioso,
El más grande de los nacidos de mujer,
El último de los profetas.

19 febrero, 2007

DANIEL

Que se me pegue la lengua al paladar

Si no me acuerdo de ti....

Estoy lejos de tu morada;
En medio de un pueblo extraño yo te invoco;
Recuerdo tu dolor día y noche;
En tierra extranjera pronuncio tu nombre;
Porque tus muros han sido derribados;
Tus enemigos han profanado tu Templo;
Han robado el bronce de los lugares santos,
Han deportado al pueblo a la ciudad de los ídolos,
La ciudad de los caldeos,
La ciudad de los jardines colgantes.

Cantar del destierro es mi tristeza,
Añoranza de ti, Jerusalén.

¿Qué habéis hecho, reino de Judá?
Las gentes os odian sin motivo;
Os acosan desde todos los confines de la tierra;
Han jurado venganza contra tus hijos;
Con insistencia os buscan para mataros.

El pueblo que pidió un rey a Samuel
Ha visto tropezar a su monarca.
Como un hombre sin cabeza,
Como un muñeco de paja movido por el viento,
Asediado por los pájaros,
Entre sombras y cadáveres,
Así andas tú, Jerusalén,
Así andas tú, reino de Judá.

En Riblá, en el territorio de Jamat,
Los caldeos han humillado a los hijos de Sedequías, rey de Judá;
Delante de su padre los han degollado,
Delante del rey conocieron la muerte;
A él le han arrancado los ojos,
Le han cargado con cadenas de bronce
Y lo han llevado a una mazmorra;
Lo han encerrado en Babilonia,
La ciudad de Baal,
La gran prostituta entre las naciones,
Allí morará entre tinieblas, ahíto de recuerdos;
Hastiado de vivir clamará por su muerte.

De la tierra de los caldeos
Fue librado Abraham, padre de pueblos.
Pero tú, reino de Judá, has desandado sus pasos.
¿Dónde está ahora el Arca de la Alianza?
¿Dónde quedó la herencia de Moisés?
Quizá lo sepan los mutilados;
Quizá lo recuerden los que sufren destierro.

Que se me pegue la lengua al paladar
Si no me acuerdo de ti....

Si me olvido de ti, Jerusalén,
Que se me paralice la mano derecha.

Tú, Daniel, profeta del destierro,
Sobre las ruinas de la Ciudad Santa,
Sobre las piedras derruidas del Santuario,
Has construido tu visión,
La que te ha sido revelada,
La que se ha perfilado en tu mente como un templo nocturno,
Como una sombra de luz en medio de las sombras.
Al verlo has caído a tierra,
Lleno de espanto has ocultado tu rostro,
Y has aguardado en silencio,
Porque lo has visto venir,
Abriéndose paso entre las nubes,
Lo has visto acercarse al Anciano;
Lo has visto aproximarse al Trono de llamas de fuego,
Sin temer a las cuatro bestias que blasfeman,
Porque está destinado a gobernar a los pueblos.

¿Quiénes son Nabucodonosor, Baltasar y Darío?
Son reyes e hijos de reyes,
Tiranos que someten la libertad de los pueblos,
Esclavos de supersticiones,
Dominadores de Judá y de Babilonia,
Hombres al fin,
Instrumentos ciegos y sordos
Como tú mismo, Daniel,
Vasijas de barro en manos del Dios Altísimo.

¿Y qué es Jerusalén?
Tú, profeta del destierro,
Intimado por la visión nocturna,
Por los cuatro vientos celestes que agitaron al mar,
Por el poder de las cuatro bestias que emergieron de las aguas,
Por el Trono altísimo de las llamas de fuego,
Por el Anciano de vestiduras blancas y cabellos de lana,
Por el río de fuego y la muchedumbre inmensa,
Por el tribunal perpetuo y los libros abiertos,
Por el Hijo del Hombre como señal en medio del cielo
Has meditado insistentemente
Y has hallado la llave que abre los sueños,
La cifra que contiene todo misterio.

Sí, Jerusalén, hermosa entre todas,
Ha sido destruida;
Sus enemigos profanaron el Templo;
Los hijos de Judá caen y tropiezan,
Como hojas de otoño se dispersan por todo el orbe.
¿Acaso las hormigas se encumbrarán hasta el cielo?
¿O puede el Dios vivo cambiar sus designios?
Jerusalén no es la ciudad, ahora lo sabes,
Pues sus muros yacen en ruinas;
Jerusalén es la promesa,
El recuerdo de la promesa
Y la descendencia que se congrerará en el Espíritu.
Ahora Sión llora su desgracia,
Ahora los judíos cantan su orfandad
Junto a los canales de una ciudad lejana;
Pero la promesa viva se halla cerca,
Esta próximo su cumplimiento.
Los hijos de la dispersión volverán a su patria;
Setenta años sufrirán destierro;
Obedecerán a reyes extranjeros,
A los adoradores de ídolos servirán.
Después serán llamados de todas las naciones
Y verán descender de lo alto un nuevo Templo,
La Jerusalén celeste,
Que no ha sido hecha por mano de hombre,
Que no puede ser destruida por mano de hombre.

Por eso tú dices:
Ten paciencia, reino de Judá;
Acuérdate de la promesa, Jerusalén;
Porque todo lo juzgará el Espíritu venidero.

Dan-i-El, דָּנִיֵּאל, Dios es mi Juez.

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