25 enero, 2007

ELÍAS

Mi Dios es el Señor,
ēliyahū, אֵלִיָּהו,
Elías Tishbita,
Oriundo de la región de Galaad,
Profeta del Dios Altísimo.

¿Qué es ‘Baal’?
Israel se nutre de tinieblas;
Camina a tientas en la mitad del día.
Porque ‘Baal’ es sólo un nombre,
Una sombra sin cuerpo,
Ondas que dibuja el agua y se desvanecen.
De roca muda son las estatuas
Que protegen los lugares altos del Reino del Norte;
Perfumados con el incienso de los estantes,
Sus ojos sin vida contemplan con desdén
Los gritos de los niños sacrificados,
La prostitución ritual
Y la ignominia.

¿Porqué cojeas con ambas piernas?
Israel, eres como una paloma herida,
Manchada de barro,
Incapaz de volar,
Perpleja entre dos cielos.

El monte Hakkarmel, ‘la tierra del jardín’,
Antaño fértil y orgulloso,
Se eleva al pie del Mediterráneo,
Junto a las colinas de Samaria.
La tierra está agrietada y sedienta.
El altar del Señor, hoy en ruinas,
Se halla cubierto de hojas secas y polvo,
Como un muñón,
Como una herida sin vendar.
Tres años dura ya la sequía en el Reino del Norte.
Tres años llenos de calamidad y codicia,
De rapiña y crímenes.

ēliyahū,
Mi Dios es el Señor.

Los sacerdotes de Baal, dios de las nubes,
Y los de la Gran Madre, Asche-ráh, la diosa de los postes sagrados,
Los mismos que comen las migajas
De la mesa de Jezabel, reina de Samaria,
Ataviados con máscaras y brazaletes
Que refulgen bajo el sol sus metales preciosos,
Con danzas y plegarias,
Al son de tambores y de voces de hombre,
Convocan a su dios desde el amanecer hasta el mediodía;
Beben vino en vasos de plata,
Entran en trance,
Hienden sus carnes con cuchillos y lancetas;
Y al caer la tarde
La sangre, el vino y el sudor
Empapan sus túnicas de seda sagrada,
Las hermosas túnicas litúrgicas
Adornadas con púrpura y brocados de oro
En honor a los dioses.

Baal el príncipe,
Baal Zebu,
El ficticio jinete de las nubes,
El tenebroso señor de las moscas.

El pueblo los observa mudo de temor
Y se olvida de ti, ēliyahū,
Profeta del Dios vivo,
Que contemplas de pie, junto al altar en ruinas,
Con lu túnica remendada,
Con el viejo manto que cubrirá los hombros de Eliseo
El inútil empeño de la superstición y la ignorancia.

«Gritad más alto a Baal
Porque para ser dios tiene duro el oído;
Quizá esté meditando, o tiene algún trabajo,
O ha hecho las maletas y está de viaje;
O tal vez duerme, y hay que despertarle.»

Acab, rey de Samaria,
Ha destruido los templos que construyeron los Padres,
Ha derribado sus altares,
Ha pasado a chuchillo a todos los profetas.
Menos a ti, ēliyahū,
Y tú, a lo largo de estos tres años y seis meses,
Has mirado el cielo,
Llamita del bosque oscuro,
Nubecilla encendida
De la que se servirá el Dios de los Padres
Para regar de agua toda la tierra.

ēliyahū, el terrible,
El hombre de los ojos de fuego,
El profeta cuyas palabras
Queman como horno encendido.

Los falsos sacerdotes terminan sus plegarias;
Sus dientes rechinan,
Sus manos se aprietan llenas de cólera.
Quieren tu muerte, pero temen al pueblo.
El viento, ignorante
Del duelo entre hombres,
De la confrontación entre la luz y las tinieblas,
Eleva las túnicas manchadas de sangre
Que ondean en lo alto como estandartes.

Tú mismo colocas las doce piedras
Junto al altar en ruinas.
Los israelitas, pendientes de tus gestos
Te observan temerosos.
Tú les ves,
Tal y como son,
Tal y como siempre han sido:
Un pueblo ignorante y supersticioso,
Un rebaño indócil
Que rechaza con miedo
Al único Dios que puede acogerlos.
Entonces vuelves tus ojos al cielo limpio de nubes,
Y tu voz resuena en Hakkarmel como un cántico:

«Dios de los padres,
Tú no exiges sacrificios humanos;
Manifiesta que eres el Dios Altísimo,
Y que acoges bajo la sombra de tus alas
El corazón marchito de tu pueblo.»

¿Te escuchará Dios, ēliyahū?
Tú no le invocas por ti mismo,
Sino por este pueblo endurecido y brutal,
Por esta paloma inconstante
Que necesita signos y señales.

Hiciste derramar agua,
Por tres veces,
Sobre el holocausto, la madera y la zanja.
Todo lo consumió el fuego que vino del cielo,
El mismo fuego que aparecerá de nuevo, dos veces más,
Y que finalmente te arrebatará en un torbellino
Para preservarte de muerte de hombre
A ti, que sólo eres un hombre.

Ahora que Dios te ha escuchado
La muerte proyecta su sombra sobre lo alto.
La sangre de los falsos sacerdotes
Teñirá de rojo el cauce seco del Cisón,
Y luego, con las primeras lluvias torrenciales,
Los cadáveres abandonados
Serán arrastrados hasta el mar;
Israel quiere borrar
Degollando a más de ochocientos hombres
Sus últimas infidelidades,
Y tú les dejas, ēliyahū;
Pues aunque adoras a un Dios de Paz
Naciste, lo sabes bien,
En un mundo de hombres violentos.

Mañana, cuando Jezabel te busque para matarte,
Ningún israelita te defenderá.
Aguardan la venganza del rey Acab
Que planea sobre todo el Reino del Norte
Como espada de doble filo;
Y por temor de ella se olvidarán, otra vez, del Altísimo.

Y tú, ēliyahū,
En la soledad de tu ministerio,
Vagando, como el viento, entre cuevas y montañas,
Volverás a suplicar a tu Dios
Para borrar de los labios los nombres impíos,
Para que todos adoren al Dios de los Padres.

Sí, mañana se abrirán los cielos;
Mañana el agua volverá a caer sobre la tierra;
Mañana Israel conocerá que Mi Dios es el Señor.

ēliyahū...

ROSA, TU VOZ ES UN ALA

Rosa, tu voz es un ala,
Un duendecillo ensimismado y libre
Que se ha empapado de luz sin pretenderlo;
Tu lenguaje te dice abiertamente
Y llena el aire de una alegría
Sabiamente administrada,
De una nostalgia
Asombrosamente certera.

Rosa, tu voz procede
No sólo de ti, también surge de dentro
De las cosas;
Porque tú te ocultas
Cuando hablas;
Y en ti comienza a hablar el mundo
Tan cerca y tan despacio
Como en esta letanía anónima
De la tarde;
Como en esta ilusión
Que vive sólo
-Antigua y firme -
De tu palabra.

Rosa, quizá olvide
La amable geografía de tu rostro,
La música palpable de tus gestos;
Pero no olvidaré
La forma exacta y sin materia
De tu lenguaje,
El hada inquieta
Que tu voz despierta
En las realidades más cotidianas.

O lo viejo y olvidado que queda todo
-Así, de repente,
Sin previo aviso -
Cuando tú callas.

24 enero, 2007

Moisés.

Tú, hijo de las aguas,
Rescatado de las frías corrientes espumosas,
Salvado del lecho del Nilo,
Hermoso a los ojos de Dios,
Llamado מימון entre tus hermanos,
Y موسى entre los árabes,
Lo sabes bien:
Este pueblo tiene dura la cerviz;
Es como un asno vacilante,
Castigado por los golpes,
Y que aún se levanta sin comprender.

No comprenden porque olvidan;
Y olvidan porque no son constantes.

Tú, Moisés, los reuniste bajo tu mano
Sacándolos de Egipto,
De la Casa de Servidumbre,
Y haciendo de ellos un pueblo,
Una nación consagrada a Dios;
Pero ellos no quieren la libertad que les procuraste;
Sólo pretenden saciar sus estómagos
Y cobijarse bajo los techos de adobe de las casas
Porque siguen siendo en su interior
Tan solo un pueblo de esclavos,
Orgulloso e ignorante,
Apegado a sus miedos,
Y con el corazón plagado de idolatría.

Ellos han sido testigos
De los prodigios obrados
Por tu mano;
Han visto morir a los primogénitos de Egipto
Cuando el ángel de sangre,
La mano vengadora,
Asoló la casa del Faraón;
Han visto abrirse el mar ante su paso;
Han visto la nube
Y la columna de fuego;
Han comido del maná y de las codornices
Que cayeron sobre ellos en abundancia;
Han vencido a los amalecitas;
Y han contemplado, de lejos,
En lo alto del monte,
La terrible gloria del Altísimo;
Pero ellos no comprenden.
Todos estos prodigios caen en el olvido
Cuando arrecian el hambre y la desconfianza.

Israel oscila entre el temor y la ira;
Una vez quisieron apedrearte;
Y en cambio, sintieron horror
Cuando arrojaste las tablas de madera
Haciéndolas añicos contra el suelo,
Porque estaban adorando
Un becerro de oro,
Una imagen muda y ciega y sorda,
La obra imperfecta de sus manos.

En cambio tú, Moisés,
Has contemplado al Altísimo cara a cara,
En la cumbre del Sinaí.

Ahora desciendes del monte
Y llevas las dos toscas piedras
Donde la mano del Señor ha escrito,
Con trazo robusto y mano firme,
Los últimos mandamientos,
Aquellos que fueron desde el principio:

No matarás;
No querrás a la mujer de tu prójimo;
No codiciarás los bienes del prójimo;
No robarás;
No dirás falso testimonio;
Honrarás a tus padres;
Amarás a Dios sobre todo.

Y mientras desciendes
Meditas en esta Palabra
Que no procede del cielo ni de la tierra
Porque brota del principio del hombre,
Como agua que mana de su fuente original,
De ese mismo hombre que fue forjado
Del barro y del espíritu:
Barro que sepultó la palabra;
Espíritu que pugna por recuperarla.

Sí, la Palabra ha sido grabada en piedra,
Pues de piedra, y no de carne,
Ha sido hecho el corazón de este pueblo.

Y tú, Moisés,
De sobra lo sabes:
Te sientes indigno
De acariciar entre tus manos la Palabra.
Desde antes de nacer fuiste convocado
Como guía escogido de este pueblo
Que es terco y obstinado como un viejo
Asolado por achaques y calambres de viejo,
Incircunciso de corazón y oídos.

Cuando manos de mujer
Te rescataron de las aguas del Nilo
Eras un niño balbuciente, incapaz
De merecimiento alguno.
Y ahora
Para que estos breves signos
Se hayan grabado en estas dos piedras gemelas
Que tú sostienes en tus nudosas manos
Ha sido necesario un largo proceso,
La realización de un ciclo infinito,
Previsto desde la Eternidad:

La creación del Cielo y de la Tierra;
La peregrinación de Abraham, pastor de pueblos;
La esclavitud en Egipto;
Y después, la visión que cambió tu vida:
Allá, en el monte Horeb,
Donde cuidabas los animales de Jetró, sacerdote de Madián,
Donde pastaban tus ganados,
La zarza que ardía sin consumirse.

Caminas ladera abajo,
Sin compañía de hombres ni de animales,
Cansado de hablar con Dios,
Pero fiel y constante.
Cuando desciendas de la montaña
Mandarás escribir estos secretos en los Libros Sagrados,
Esos mismos Libros que una casta de sacerdotes
Custodiará celosamente
Para que los hombres recuerden,
Para que todos ellos recuerden
Cuál es su comienzo,
Cuál es su historia,
Y cuál su vocación luminosa.

Los hombres, que son memoria,
Y poco más que memoria.

Y tú lo sabes, Moisés:
Ante tanta predilección,
Ante tanta Luz,
Este pueblo de dura cerviz,
Esclavo de ancestrales temores,
No merece otra cosa
Que perecer en el desierto
Y desaparecer de la faz de la tierra.
Aunque tú, hijo de las aguas,
Sabiéndote indigno,
Has intercedido por ellos en la cumbre de la montaña,
Con palabras y súplicas te humillaste;
Y entonces fuiste escuchado.
Cesó la cólera que pendía sobre sus cabezas,
Se sofocó la ira que buscaba su exterminio.
Como figura de redención te fue concedido,
Como designio de paz y de bonanza.

Así es el Altísimo,
Semejante a una zarza que no se consume,
(Como aquella que viste en el monte Horeb),
Porque el Dios de Abraham,
El Dios de Isaac y el Dios de Jacob
Se halla fuera del tiempo,
Y no se halla sujeto a mudanza alguna,
Y espera la realización de sus designios,
Pacientemente,
Desde el principio,
Desde el final de los tiempos,
Desde la Eternidad.

23 enero, 2007

Frigorífico.

Yo guardaré tus alimentos
Y les daré el frescor que no tuvieron;
Por ti seré el invierno
En el que se persevera el ser y la materia;
Mientras tú duermes,
Mientras trabajas,
Mientras amas y odias y haces las paces
Yo permanezco fiel a mi designio
Transformando la electricidad en frío
Y acogiendo en mi providencia
Los alimentos todos que te rinde la tierra.
Te daré agua fresca en el verano
Y helados y postres, y zumos y fruta.
Nada se perderá, si tú no quieres,
Porque yo haré que todo se mantenga
Idéntico en el ser, casi sin tiempo,
Duradero por ti y por tus hijos.

ABRAHAM

Abraham,
Cuando eras joven
Una Voz te llamó por tu nombre;
Entonces te levantaste
Y abandonaste las tierras de tus padres,
-La tierra de Ur de los caldeos,
Poblada de hermosas mujeres
Llevadas en andas por esclavos,
Y sacerdotes de severa mirada
Que custodiaban celosamente
Los grandiosos templos sumerios-;
Dejaste atrás aquellas riquezas
Y atravesaste páramos y desiertos,
Padeciendo penuria y escasez,
Hasta llegar al lugar designado,
Un lugar como otro cualquiera,
No mejor que el que abandonaste
Y en el que apenas te habrías detenido
Si no te hubiera sido revelado.

Abraham, ¿recuerdas?
Ahora eres anciano;
Tus pies tiemblan cuando te alzas;
Te veo apoyando tu cuerpo frágil sobre una vara,
Mientras acaricias con torpeza senil
El rostro sereno de tu hijo Isaac;
Ahora ya lo sabes:
El hombre es tan sólo memoria,
Memoria que persevera inútilmente
Y que pronto desaparecerá,
Sin dejar rastro.

Recuerda, Abraham.
Recuérdalo una vez más.
¿Cuál es la esencia de aquella Voz?
¿Por qué la escuchaste?

Los caldeos y los egipcios
Piensan que los dioses son muchos y que su presencia
Se acompaña de grandiosos signos,
Portentosas visiones de su gloria,
Pero en cambio tú
Sólo oíste una Voz que susurraba,
Como en sueños,
Dentro de ti,
Apenas una brisa,
Susurro de una brisa suave,
Y cayendo rostro a tierra
Obedeciste.

¿Qué contemplaste en esa voz?
Quizá un eco perdurable
De tu propia y fatigada existencia,
El germen de ese pueblo numeroso,
Incontable como las olas del mar,
Innumerable como las arenas del desierto,
Que te ha sido prometido
En descendencia.
¿Creíste a la Voz desde el principio
O fuiste convenciéndote poco a poco?
¿Nunca sentiste la duda
Asolando tu corazón de pastor de pueblos?

Ahora eres anciano
Y tus días en la tierra languidecen.
Tus ojos cansados
Contemplan el sepulcro de Sara, tu mujer,
Antaño hermosa,
Y hoy confundida con la tierra
Que se te prometió,
Pues su cuerpo, al que enterraste,
Se ha hecho uno con la oscuridad que puebla
La cueva de Macpelah,
Al oriente de Manré,
En la tierra de Canaán,
La misma cueva que te vendió Efrón, el mercader,
Por cuatrocientos siclos de plata,
A la que los judíos la llaman מערת המכפלה;
Y los árabes: الحرم الإبراهيم.

Díme, Abraham,
¿Cómo explicarás a tu descendientes
Que tú todo lo abandonaste
Por una promesa que sólo has llegado a entrever
Como en sueños?
El hombre -y tú eres hombre-
Sólo desea entregarse
Y darlo todo
A quien todo le dio,
Pero algo en su interior
Le hace dudar,
Y esa tibieza
Le lleva muchas veces a la renuncia.
Pero tú renunciaste a todo
A fin de no sentir dentro de ti
La roca quebradiza de la desconfianza.
Por eso caminaste por desiertos,
Y renunciaste a Ismael, hijo de Agar, la esclava,
Y te aliaste con los reyes de la llanura
Y entregaste el diezmo de tus pertenencias
Al sacerdote de Salem,
El portador de pan y de vino,
Que adoraba, como tú, al Único.

Fue Él quien te llamó,
Quien te dijo: “Sal de la Tierra de tus padres”,
Quien te habló al oído,
Como habla un amigo a otro amigo,
Prefiriendo manifestarse en la vibración de una Voz
Antes que humillarte y aterrorizarte
Con un leve brote de su gloria.
En Ur de los caldeos contemplaste
El rostro de dioses mayestáticos,
Esculpidos en piedra y terribles,
Pero incapaces de ver o de oír,
Pues fueron engendrados
Por la oscuridad y el vacío de los hombres.
En cambio aquella Voz sutilísima estaba viva,
Y ese conocimiento
Fue lo único que necesitaste
Para obedecer.

Muchos pensarán que perdiste el juicio,
Que todo fue un sueño,
Que daba igual una tierra que otra,
Un hijo que otro,
Una mujer que otra,
Un dios que otro.
Pero tú viste en Manré
La antorcha de fuego;
Y suplicaste por las ciudades pecadoras
Inútilmente;
Y acogiste a los tres viajeros
En tu propia tienda.

Él te llamó,
Pero al llamarte
De alguna forma se dio a ti.
Y esa es la raíz
Secreta de tu constancia.

Morirás pronto, lo sabes;
Son escasos, como lluvia en el desierto,
Los días que te quedan junto a tu hijo;
Muerta Sara,
Apenas deseas vivir;
Pero después de ti
Él, la Voz que te habló,
Será conocido
Entre todas las familias de la tierra
Como el Dios de Abraham,
El Dios a quien serviste,
El Dios a quien esperas ver
Tras breve tránsito.

17 enero, 2007

Aproximación a la literatura escatológica (II).

Vis cómica en la Antigüedad δ2.

Sin embargo lo más usual es que la escatología se asocie con el humor. El ejemplo cómico y popular característico de la Antigüedad se muestra en el fragmento que he seleccionado de LAS NUBES, de Aristófanes, padre de la comedia griega, donde un Sócrates tabernario y algo bufonesco, dedicado exclusivamente a la sofística, convence al ingenuo e influenciable Estrepsiades de que lo que sucede en el cielo es semejante a lo que sucede en su vientre. En este episodio se pone de manifiesto cuál es la razón de que se asocie la ventosidad con el trueno, y es que en griego ambos términos se pronunciaban de forma semejante.

Debe comprenderse, además, que Aristófanes echa mano de los recursos más burdos para despertar la risa del populacho. En otras obras, llevado de su irónico desprecio a los dioses griegos, no duda en hacer que Dionisos, por ejemplo, se enfrente a un coro de ranas a base de sonoras ventosidades. El hecho de que al pueblo no le molestase ver cómo en las obras teatrales de Aristófanes sus dioses sufrieran los más humanos procesos fisiológicos demuestra hasta que punto el panteón de los dioses olímpicos no era más que una mítica apariencia que investía de formas legendarias a una profunda crisis y desorientación espirituales, las cuales sólo remitirían con el advenimiento del cristianismo.

SÓCRATES.--¿Quién es Júpiter?, tú te burlas. Júpiter no existe.

ESTREPSIADES.-¿Qué estás diciendo? ¿pues quién hace llover?.

SÓCRATES.-Las nubes; y voy a demostrarlo.¿Has visto alguna vez que Júpiter haga llover sin nubes? Si fuese él, sería necesario que lloviese estando el cielo sereno y después de haberlas disipado.

ESTREPSIADES.-Perfectamente; por Apolo, tu argumento me ha convencido. Yo creía antes, como cosa cierta, que Júpiter para hacer llover orinaba en una criba. Pero dime: ¿quién produce el trueno? Esto me hace temblar.

SÓCRATES.-Las nubes truenan cuando se revuelven sobre sí mismas.

ESTREPSIADES-¿De qué manera, hombre audaz?

SÓCRATES. Cuando están muy llenas de agua y se ponen en movimiento arrastradas por su propio peso, al caer se entrechocan y rompen con estrépito.

[···]

ESTREPSIADES.-... Pero nada me has enseñado todavía del fragor de los truenos.

[...)

SÓCRATES.- Observando lo que a ti mismo te sucede, como voy a demostrarte. Cuando en la mesa cenas tanto que se te desarregla el vientre, ¿no has notado que éste produce de repente algunos ruidos?

ESTREPSIADES.- Sí, es cierto; y en seguida me atormenta, y se revuelve, ruge como el trueno, y después estalla con estrépito. Primero hace, con ruido apenas perceptible, pax; luego papax, en seguida papappax,y cuando hago mis necesidades es un verdadero trueno: pappappas, lo mismo que las nubes.

SÓCRATES.-Considera al gran ruido que haces con tu pequeño vientre; ¿será, pues, inverosímil el que el aire inmenso truene con estrepitoso fragor? Por eso las palabras trueno y ventosidad son semejantes.

En Roma es Petronio, en su SATIRICÓN, cómo no, uno de los autores clásicos que con más acierto mezcla un cierto refinamiento expresivo, cargado de sutilezas, con episodios burlescos que pretenden arrancar la risa o, al menos, la sonrisa del lector. No deja de ser curioso cómo, siguiendo la tradición griega que veía similitud entre la ventosidad estomacal y el trueno, se mencione al mismo Júpiter, el terrible dios que se hacía acompañar del rayo destructor que aterrorizaba al hombre antiguo, junto con la irónica descripción de los procesos fisiológicos de Trimalción, un acaudalado anciano.

La vuelta de Trimalción interrumpió aquellos diálogos. Limpióse las esencias que le caían de la frente, se lavó las manos y dijo enseguida:

-Dispensadme, amigos. Tiempo hace que tengo el vientre desarreglado, y lo médicos no me alivian, aunque no me ha sentado mal una infusión de corteza de granada y abeto en vinagre. Me parece que se calma la tormenta que tenía yo dentro, si no, soltaría mi estómago ruidos semejantes a los mugidos de un toro. Por su puesto, que si alguno de vosotros necesita desahogos por el estilo no debe contenerse. No hay tormento mayor que el de aguantarse en casos parecidos. No podría yo hacerlo ni aunque el mismo Júpiter me lo ordenara. ¿Te ríes, Fortunata? Pues tú bien me impides dormir con tus estrepitosas detonaciones. Nunca he exigido a mis convidados que se abstuvieran de desahogarse en la mesa. Los médicos prohíben el contenerse, y si alguno de vosotros siente otra más urgente necesidad, allá fuera encontrará todo lo apropiado. Creedme, cuando el flato del estómago se sube al cerebro, todo el cuerpo lo padece. Yo sé de quien se ha muerto por ser demasiado escrupuloso.

Siento entrar en terrenos prohibidos por la pudicia ilustrada, pero debo comentar que la advertencia de Trimalción a sus huéspedes, diciéndoles que pueden desahogarse en su mesa según dicte su necesidad, es un consejo que no se ajusta a la gravedad con la que debía investirse un anciano patricio romano, pero no por ello debe considerarse enteramente inverosimil, sobre todo en la ancianidad, que es el momento en el que las costumbres menos educadas suelen exteriorizarse con menor inhibición. Aristóteles consideraba que la vergüenza es la nota distintiva de la juventud, la cual se pierde en la edad madura y debe sustituirse por la sabiduría de la prudencia que, en su calidad de virtud, es más profunda y menos espontánea que el simple sonrojo que cubre las mejillas de una joven cazada en alguna inconveniencia. En todo caso, si el episodio, aún con los habituales sesgos cómicos, hubiese sido enteramente inverosímil, no lo hubiésemos encontrado en el Satiricón, obra que, además de culta, posee un cierto espíritu realista.

Una de las claves nos la proporciona el hecho de que Trimalción, en realidad, no pertenece a la vieja casta romana; a los ojos de Petronio, este personaje no es más que un advenedizo, un nuevo, ostentoso y enriquecido liberto, cualidades todas que hacen de él el blanco ideal de un episodio satírico. Para el lector del SATIRICÓN el anciano Trimalción se hallaba investido de una cierta vis cómica, pero también puede adivinarse fácilmente que quizá la mayor parte de los romanos cultos conocían algún que otro Trimalción que, antiguo patricio o no, amparado en el dinero y en el respeto que el romano sentía por la ancianidad, convidaba a sus próximos, por lo general menos ancianos y menos ricos que él, a un suculento banquete a condición de que aceptasen sin reservas las costumbres que imperaban en su mesa. A fortiori hago notar que apenas cabe mayor nota de realismo que la que se extrae de un anciano hablando de sus achaques, aunque estos sean inconvenientes.

La conclusión más lógica es pensar que si Petronio, tan distinto en tantas cosas a Aristófanes, incluye este tema en su obra es porque la nobleza romana hablaba, discutía y polemizaba acerca de este tipo de comportamientos. Este hecho nos resultará más verosímil si consideramos, por ejemplo, que el hombre de la Antigüedad, sobre todo el que pertenecía a las clases más altas de la sociedad, no se caracterizaba precisamente por seguir una dieta sana y moderada; antes bien, la gastronomía era ocasión de todo tipo de excesos alimenticios en el romano adinerado, el cual se sentía satisfecho de poder celebrar grandes banquetes, acontecimiento que constituía un verdadero signo de opulencia capaz de despertar la admiración de ajenos y vecinos, quizá el mismo tipo de inquieta admiración que hoy día experimentamos cuando conocemos que alguien ha adquirido un buen piso y ha comprado un estupendo coche. La conversación en sociedad en torno a estos temas, al contrario de lo que pueda parecernos, se desarrollaba con gran pasión y visceralidad, de forma semejante a cómo en la cultura contemporánea se discute si -y cuando- es lícito fumar. Es decir, a pesar de su inicial vertiente grotesca, bien atestiguada por la comedia, la polémica adquirió las proporciones de un verdadero problema de salud pública. Prueba de ello es que el emperador Claudio, a raíz de un episodio cortesano, proclamó la libertad de emitir gases. El hecho de que esta materia fuera objeto de pública regulación demuestra hasta que punto y en qué términos se hablaba y discutía de estos temas.

Trimalción, consciente de todo este enfrentamiento, proclama solemnemente a sus huéspedes: “Los médicos prohíben el contenerse”. Contra todo pronóstico, es ésta una opinión seria, aunque puesta en la boca de un personaje ridículo, pues debió ser este mismo argumento el que se impuso socialmente cuando Claudio declaró la potestad de la libertad individual en esta controvertida materia. Aún se mantiene vigorosa esta “acreditada” opinión médica en la escuela de Salerno, cuando en sus célebres reglas sanitarias, compuestas en hexámetros y dedicadas al rey de Inglaterra, prescribe, fundándose exclusivamente en razones de salud, no contener las emanaciones, lo cual lleva a efecto con esta curiosa sentencia:

Quator ex vento veniunt in ventre retento: Spasmus, hydrops, colica et vertigo, hoc res probat ipsa.

(Cuatro son los achaques que proceden de retener el aire en el vientre: espasmo, hidropesía, cólico y vértigo, como es evidente).

Hasta qué punto esta opinión fue aceptada por la ciencia médica antigua lo demuestra también el hecho de que el selectivo espíritu de Erasmo, siglos después de la polémica claudiana, no condenase ciertas licencias gástricas, pero recomendase disimularlas con un golpe de tos. Este nuevo síntoma, la tos educada y oportuna, constituye el primer viraje hacia un cambio absoluto de opinión que se consolidó socialmente en la época de la Ilustración.

Tampoco faltaron en la Antigüedad espíritus y ambientes esmerados y escrupulosos en los que estaba mal visto este tipo de licencias. Destacan entre ellos los profesionales de la enseñanza y, más concretamente, los filósofos. Se dice que en la antigua Grecia aquellos que dejaban escapar una ventosidad eran expulsados de la academia; por tal razón se prohibía comer judías, tradición esa de las judías que ha llegado intacta hasta el día de hoy. Se cuenta también que a Metrocles, estando un día en una lección, se le escapó una ventosidad involuntariamente, y tanto fue el rubor y pena, que se cerró en su cuarto con la intención de dejarse morir de hambre.


16 enero, 2007

Aproximación a la literatura escatológica (I).

Desde que el siglo XVIII, con su puritanismo ilustrado y terrenal, relegó al cajón de sastre del "mal gusto", todo aquello que hace referencia a ciertos procesos orgánicos, no por obviados menos presentes, se descuida sistemáticamente esta faceta, que lo es, de la literatura humorística y, como demostraré inmediatamente, también de la literatura seria. Por esa razón, desde que leí el artículo de Rictus "Una broma de mal gusto... y peor olor ", he estado urgando en la búsqueda de fuentes clásicas donde se ponga de manifiesto contenidos escatológicos de diverso género.



Lo escatológico en los textos sagrados (δ1).

El ejemplo más consagrado de escatología no humorística se encuentra precisamente en el evangelio de San Marcos, en uno de los pasajes más hermosos de toda la literatura religiosa occidental.

Jesús fue, entre otras muchas cosas, un gran realista, tal y como se pone de manifiesto en sus parábolas y en sus enseñanzas. A vuelo de pluma, me contentaré con señalar un tema de gran relevancia: al contrario de lo que muchos piensan, el cristianismo no se construye sobre un espiritualismo descarnado, enemigo de todo lo sensitivo, sino que parte de una profunda valoración del significado esencial de la corporalidad para la vida del hombre. El hombre es esencialmente corporalidad, pero de eso no se infiere que el hombre sea exclusivamente corporalidad. Por ese motivo la realidad del cuerpo, que no es un lastre para la espiritualidad, debe integrarse, sin degradación ninguna, y también sin falsos eufemismos, en el plan de salvación y en las exigentes prácticas que conlleva una profunda vida de piedad.

Al ver que la gente seguía apegada a las viejas tradiciones de los fariseos -el mismo Pedro, después de la muerte de Cristo, continuaría, durante los primeros años de cristianismo, considerando impuros algunos alimentos-, Jesús les hablará con una claridad que debió sorprender a sus oyentes. Como buen pedagogo, el Maestro de Nazaret sabía que cuanto más original, cuánto más percusiva, cuánto más gráfica es una imagen, mayor es su impacto en la memoria. En el caso que nos ocupa, y como veremos a continuación, el mensaje apela al realismo más tosco y evidente, un realismo que, paradójicamente, es la forma más adecuada de poner en evidencia las quiebras del materialismo que subyace en muchas de las prácticas farisaicas.

El episodio al que me refiero es el siguiente:

Llamó Jesús otra vez a la gente y les dijo: «Oídme todos y entended. Nada hay fuera del hombre que, entrando en él, pueda contaminarle; sino lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre. Quien tenga oídos para oír, que oiga.»

Y cuando, apartándose de la gente, entró en casa, sus discípulos le preguntaban sobre la parábola.

Él les dijo: «¿Conque también vosotros estáis sin inteligencia? ¿No comprendéis que todo lo que de fuera entra en el hombre no puede contaminarle, pues no entra en su corazón, sino en el vientre y va a parar al excusado?» - así declaraba puros todos los alimentos -.

Y decía: «Lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre. Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen las intenciones malas: fornicaciones, robos, asesinatos, adulterios, avaricias, maldades, fraude, libertinaje, envidia, injuria, insolencia, insensatez. Todas estas perversidades salen de dentro y contaminan al hombre.»

El contenido de esta predicación tiene una gran importancia desde el punto de vista de la mentalidad de la época. La inserción de lo espiritual en lo corporal siempre ha sido problemática para la práctica ascética individual, pero la explicación de Jesús resuelve este supuesto problema con una gran sencillez, no exenta de elegancia, y con un gran realismo que apela al sentido común de las gentes. Quienes siguiesen sus enseñanzas, estarían a salvo tanto del maniqueísmo, que consideraba la materia como intrínsecamente mala, como del materialismo, que tendía a reducir lo espiritual a lo corporal. Como botón de muestra, piénsese que en algunos de los textos religiosos de los esenios todavía se recomendaba una lavativa para expulsar las sustancias impuras y hediondas de Satanás. Los discípulos de Jesús deberían guardarse de estas falsas supersticiones que, mezclando la higiene con la doctrina sagrada, desfiguran la vida espiritual.

Quizá la literatura religiosa esenia sienta en parte la influencia de Oriente. El mundo hindú, por ejemplo, hace referencia a la ventosidad en el Tantra Hevajra comentando “...como la flatulencia se cura comiendo judías, de modo que el viento pueda expeler el viento... así el pecado puede purgar el pecado”. Lo importante de este texto es que establece una analogía estructural entre el orden del espíritu y el orden de lo material y fisiológico. Una analogía que, dicho sea de paso, ha sido siempre censurada por el cristianismo, el cual siempre ha considerado que sólo el arrepentimiento y la humildad pueden “purgar” los efectos nocivos del pecado. Para Jesús y sus discípulos el espíritu se inserta en lo material pero conservando sus leyes específicas y, sobre todo, su precedencia y su irreductibilidad con respecto a lo corporal o fisiológico.


15 enero, 2007

En honor a Rictus.

En honor a Rictus, mi caro amigo:

Rictus, estas son las cinco cosas que no he contado a nadie. Confío en tu discreción, digna de un Séneca.

1) Los sábados, a escondidas, leo los editoriales de EL PAÍS. Te preguntarás por qué. Bueno, la verdad es que todavía me estoy riendo del último.

2) Mi canción preferida, a la hora de la ducha, es “Singin' in the Rain”. Naturalmente no la suelo cantar muy alto, porque si no llueve...

3) Cuando tenía cinco años me disfracé de pirata y salí a la calle. Subido a un banco de la Plaza del Rey comencé a declamar con infantil unción: “A diez cañones por banda, viento en popa a toda vela...”. Recuerdo que aquel día recogí muchos tomates.

4) Soy muy despistado. El otro día me perdí en mi casa. Lo pasé muy mal. En realidad no fue culpa mía. Por más que me buscaba, no era capaz de encontrarme.


5) Ahora que tengo novia formal me he reformado. Pero de adolescente era todo un conquistador: por donde yo pisaba, no volvía a crecer la hierba. Recuerdo que un sábado llamé a una chica que se me insinuó por teléfono y me dijo: “Puedes pasarte esta tarde por mi casa. No habrá nadie”. Efectivamente, estuve media hora llamando al timbre de la puerta porque no había nadie.


Corpórea como el sol, gemido, aliento.

A Rosa, con amor.
Corpórea como el sol, gemido, aliento,
Respira junto a mí tu vida entera,
Tu sangre en contenida primavera,
Tan cerca ya de ti tu cumplimiento.

Palpar tu plenitud por un momento;
Vivir de tu presencia en cada espera;
Morir en ti, sentir la luz primera
Rozando su más alto encumbramiento.

Depredador, mi gozo ha sido presa
De esta loca aventura de querernos
Y retener la dicha y el encanto.

Peligrosa la huella, la promesa;
Y la virtud de ser y trascendernos.
¡Ah, mísero instante si no es canto!

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